Se me acerca a la mesa un africano con su bisutería en un brazo, le digo que no quiero nada, que yo no me pongo nada, él insiste, de pronto le pido que si lleva la pulsera del mal de ojo, me la pone, malamente, porque no sabe o no está bien hecha, al final consigue hacerle un par de nudos y yo me acuesto con ella y cuando me despierto la pulsera está suelta, extendida en un lado de la cama
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